miércoles, 24 de febrero de 2010

Las primera playas bien brasileñas. Encuentro cercano del tercer tipo.

Río Grande II

Al segundo día en Río Grande conocimos a Wagner, otro amigo de Sidney. Él nos acompañó al Museo Oceanográfico donde me enteré (habla Regi) que durante la mitad del viaje no me voy a poder meter al mar por miedo a que algún tubarão (tiburón) ande con hambre. No sabíamos que había tantos tiburones en la costa del Brasil... bah, Fabi sí sabía, pero se guardó esa preciosa información.

Después del museo, Sidney nos estaba esperando con una riqúisima feijoada: arroz con salsa de frijoles negros y rojos, carne de cerdo, pollo , chorizo y, la original, agrega pata, oreja y nariz de cerdo... Hoy en día es un plato popular para todas las clases sociales, pero en un principio nació como el plato barato de los negros esclavos. Disfrutamos muchísimo del agasajo de Sidney.

Sideny y Wagner nos convencieron de quedarnos un día más para poder ver el carnaval en Cassino, la ciudad balnearia vecina. Aceptamos encantados con la idea de ver un buen carnaval brasileño en un pueblo chico. Wagner nos contó que su blocco, desfilaba esa misma noche, así que nos entusiasmamos aún más. En Brasil, el blocco carnavalesco son los grupos que desfilan tocando tambores platillos e instrumentos de viento y bailando informalmente a lo largo de la avenida principal. Para ser parte un blocco debés primero ser invitado y segundo, comprarte una remera representativa y listo, a bailar. Wagner nos contó también que llevan a haber 600 personas en su blocco, y no nos dijo que fuera el más grande. Esa misma noche participamos bailando en el blocco de Wagner, fuimos parte del carnaval. Sidney se lamentaba de que no hubiéramos podido ver el carnaval en Río, pero nosotros estamos felices con esto. El espíritu es el mismo y los carnavales de las grandes ciudades llegan a ser peligrosos. Hay rivalidades entre los bloccos al estilo Boca-River.

En el carnaval hay una tradición en la que hombres de todas las edades y apariencias se disfrazan de mujer, y las m,ujeres de hombre. No es raro sentir un brazo masculino y peludo rodeándote (escribe Fabi), darse vuelta y ver una cara fea y pintarrajeada sonriéndote en broma... o no. Muchos aprovechan la ocasión para mostrar su lado femenino.

Partimos de lo de Sdney muy contentos y con esperanza de poder recibirlo en Mar del Plata algún día.

Imbituba

La idea original era ir a Pelotas (cuál será el gentilicio) que queda sólo a 50 kilõmetros. Pero el contacto HC no estaba en la ciudad. Así que, entre esto, más que el dedo no anduvo y que se hacía tarde, terminamos haciendo colectivo hasta Puerto Alegre.

Allí llegamos a las tres de la mañana, y el siguiente colectivo hacia el noreste salía a las siete. Qué linda espera! Encima nos dimos cuenta del cambio de horario y eran, en realidad, las dos de la mañana. Cinco horas de espera junto a los personajes típicos de una terminal de ciudad grande: el chorro que es tan mal chorro que no se da cuenta que nosotros sí nos dimos cuenta, una loca que da vueltas y vueltas hablando sola como si fuera a lgún lado, un pasajero chiflado que pasa gritándole cosas a todo el mundo y el policía que ya los conoce a todos. Recién a las dos de la tarde, después de un lechero de siete horas (300 km) pusimos nuestros sucios cuerpos en Imbituba, conseguimos hospedaje y a la playa!

Ya imbituba empieza a parecerse un poco más a lo que uno tiene en mente cuando piensa en una playa brasileña. Y el detalle pasa por aquí: las playas bonaerenses suelen ser relativamente frías, de arenas más oscuras y largas dunas con pampas sin sombra detrás. El "otro Amazonas" es una de las diferencias. Desde el noreste de Brasil hasta casi Uruguay se extiende/ía la Mata Atlántica, una selva tan frondosa y ecológicamente rica como el Amazonas. Aunque hoy sólo queda el siete porciento (la mayor parte de la población brasileña se asienta en esta franja de territorio) sigue deslumbrando por su exhuberancia, sobre todo en las playas. Lo único para atrás es que el agua sigue siendo un poco fría.

El segundo día tuvimos el gran evento de Imbituba. Salimos a hacer una caminata por un sendero hermoso que recorre un morro que bordea el mar desde la playa hasta el puerto. Siempre atentos, cmainábamos disfrutando del paisaje, cuando, luego de sobrepasar una piedra, delante nuestro, a cinco o seis metros, se materializaron todos nuestros temores de caminantes. En el medio de la huella cruzaba el sendero una víbora. No demasiado grande, tendría de uno a un metro y medio. Me miró, la miré y yo dije "guau". Supuestamente tendría que haber dicho "quedate quieta", que era el código de alerta entre nosotros para congelarnos y empezar a caminar para atrás, pero me salió "guau" o ", ay papito". Regi entendió igual y empezó a sudar como testigo falso. Todos los brasileños se encogen de hombros cuando les preguntamos por as cobras y dicen que sólo hay que retroceder y dejarla ir. La víbora se fue. Mientras discutíamos la teoría para ver si seguíamos la senda o no, la muy turra volvió a aparecer, frustrando nuestra caminata. Al menos le sacamos una foto (de lejos).

Praia da Rosa.

Cerca de Imbituba se encuentra la décima playa más linda de Brasil, hacia allí nos dirigimos. El pueblo es de sueño, con posadas y restaurants rodeados de Mata Atlántica, un lugar que vive exclusivamente del turismo. La arena es blanca, las aguas transparente, la vegetación exhuberante, barcitos en la playa, no demasiada gente, simplemente un paraíso. Fabi aprovechó la oferta de diez reales la hora de surf y hasta se paró sobre la tabla y todo. La lluvia nos echó después de disfrutar un par de horas. El regreso fue un rally en colectivo por todas calles de tierra entre la misma selva frondosa de la que ya hablamos.

Hoy ya estamos en Florianópolis. Nos vemos en el próximo capítulo.
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Foto 1: La Feijoada.
Foto 2: Playa de Imbituba.
Foto 3: Nosso enemigo, a cobra.
Foto 4: Hermoso pie de Regi en Praia da Rosa.
Foto 5: Fabi pretendiendo surfear. No saben cómo arde la superficie de la tabla.

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