martes, 4 de mayo de 2010

Alter do Chão y nuestra gran experiencia en la jungla.

Alter

Como dijimos en nuestra última entrega, llegamos a Santarem, que no nos gustó, comprobamos que estábamos cansados de las grandes ciudades y partimos para un pueblo vecino.

Alter do Chão es el pueblo al que todos los viajeros huyen tan pronto pisan Santarem. Sus calles de tierra, su plaza central con artesanías y las playas sobre el Río Tapajós la hacen un pequeño paraíso tropical en el Amazonas.

Una cosa buena del Tapajós es que es un río "negro", sus aguas son ácidas, por lo tanto no crecen mosquitos en sus aguas. Así que si bien algún mosquito anduvo por acá y allá y usamos repelente, nos sentimos más cómodos con respecto a la malaria.


En el hostel La Floresta, que mezclaba aires de bosque y camping con costumbres de hostel, conocimos a varios otros viajeros: Kelly y Noah, una pareja de californianos que ya se estaba volviendo a casa, un brasileño sin nombre que, todo tatuado, se dedicaba a las artesanías, un croata que llevaba 25 años dando vueltas por sudamérica, Crisitan, un tano genovés que a los 34 años se había lanzado a mochilear por primera vez en su vida y Suárez, un porteño de San Martín que estaba atravesando el Amazonas de punta a punta (literalmente).

Con Kelly y Noah tuvimos onda casi inmediatamente. "Atipical americans", se sentían orgullosos de ser de California y San Francisco, y se lamentaban, ya la vez reían, de su gobernador, Arnold Schwarzenegger, a quien apodan "Governator". Con ellos alquilamos unos kayacs y nos fuimos remando por la costa tratando de ver, en silencio, algún animal entre la vegetación. Almorzamos juntos y paseamos compartiendo charlas y risas. Lamentamos podemos compartir sólo un día con ellos.

A Cristian y Suárez los conocimos casi al final de nuestra estadía y los convencimos (no costó demasiado) para juntarnos en grupo de cuatro y salir, sin cita previa, a buscar una experiencia en la selva.

Así fue que una mañana partimos hacia la Floresta Nacional Tapajós.

São Domingos.

Esta es la primer comunidad que se encuentra dentro de la floresta protegida. Ya el camino en ómnibus, de tierra roja y a veces sólo lo suficientemente ancho para un sólo vehículo  fue empezar a difrutar del paisaje.

"Y hay pirañas en el lago?"

Llegamos a un barcito donde explicamos nuestras intenciones y nos indicaron la casa de Marivaldo, quien estaba en plena faena, haciendo harina de mandioca. Él nos explicó que la comunidad contaba con una asociación de guías. Entre los seis guías se turnaban para recibir a las visitas y hacer las caminatas por la selva.

"No, sólo hay algunas pirañas en la temporada seca, cuando el río es más estrecho".

Con el Pelado y su familia (esposa y cuatro niñas hermosas) hablamos sobre lo que podríamos hacer con él y volvimos a lo de Marivaldo a ver cómo se hacía la harina de mandioca. Las casas en la comunidad están repartidas a lo largo de la ruta de a pares. Cada terreno cuenta con la casa vieja, que a nuestros ojos es un quincho y es la que usan para alojar en hamacasa a los turistas, y una casa de material del plan de viviendas del estado. Este repartió 35 casas entre 65 familias, más la infraestrctura eléctrica. Estas comunidades tienen luz desde hace sólo dos años.

"Allá en Cururú Mutuqué, donde trabajé en la maderera y me agarré malaria, allá sí hay pirañas, para refrescarnos en el río armábamos unas barreras hechas de tejido, pero acá no hay."
 
Ya en el camino de vuelta de lo de Marivaldo, el Pelado empezó a parar para mostrarnos frutas, árboles, plantas, explicándonos qué se come de ellos, qué curan, etc. Esas paradas se sucedieron permanentemente a lo largo de los siguientes tres días. Aunque por momentos se veía que eran gente más naturalmente callada, sabían qué era lo que un visitante como nosotros quiere conocer. Un simple árbol de corteza rojo, de la mano de las charlas, adquiría una notable serie de características que comenzaban a darle a nuestra visita el tinte que habíamos venido a buscar.

"Pero acá no hay malaria, no?" "No, acá, no"

Por la tarde fuimos a visitar la escuela y charlamos un rato con el maestro mientras los alumnos, muy educados, hacían los deberes.

"Y yacarés, hay acá?"

El Pelado también nos sugirió ir a "la playa", que era, apenas, una lengua de arena a la que sólo se llegaba en bote. En temporada de lluvia tanto la playa como el bosque vecino se tapan con cinco metros de agua, formando un lago de amplia salida al Río Tapajós. El viaje en canoa por el bosque inundado fue una experiencia en sí mismo.

"Sí, hay yacarés".

En la playa aprendimos a tirar la tarrafa, la red circular con la que pescan acá. El pelado nos enseñó la técnica en la arena, donde marcó un círculo perfecto con los plomos al arrojar la red. Nuestros intentos de igualarlos fueron vanos.

"Y son grandes los yacarés de acá?"

Esa noche cenamos con ellos y luego fuimos al bar a tomar unas cervezas. Allí encontramos a Marivaldo, que venía medio cansado de bucear. "Bucear?" Nos enteramos que cuando la red no anda, se colocan luneta, toman el arpón casero y bajan a cazar los peces para la cena, todo eso, siempre, luego de caer la noche. "Si quieren el pelado los puede llevar". No sabemos si la locura del tano, la juventud de Suárez y el orgullo marinero de Fabián se alinearon en la misma respuesta idiota, pero mirándonos de reojo entre nosotros nos salió: "Y... estaría bueno...".

"Sí, hay yacarés grandes, pero del otro lado del lago, de este lado, no".

A la otra mañana desaynuamos y nos preparamos para la caminata. Al mediodía partimos para internarnos unos sencillos cinco kilómetros que, con las explicaciones del pelado, demoramos más de tres horas en caminar.

"Entonces, donde vamos a bucear nosotros, no hay de los grandes, no?"

Al principio la selva tendría entre diez y quince metros de alto, el Pelado explicó: el suelo de arena no es tan rico, más allá, en piso de tierra, los árboles llegarían a unos 30 metros de altura.

"No, no, de nuestro lado no hay".

El Pelado mostraba plantas árboles y frutas. A todas las frutas preguntábamos si se comían, ávidos por llevarnos algo directo del bosque a la boca y sentirnos tarzán. Cristian, que aún lamentaba un malestar de la última juerga anduvo mascando la corteza de un árbol que cura la barriga. Aunque era bastante feo, curó lo que varias gotas de reliverán no habían curado.

"En la última creciente grande aparecióun yacaré de cuatro metros y medio acá en el patio, lo tuvimos que matar".

Nos enseñó a hacer la cobertura de un techo de hoja palha y otras artesanías caseras y nos dio a probar varios tés de hojas de la selva.

"Pero decime: alguna vez un yacaré atacó a alguien buceando?"

Llegamos al sumauma, un árbol que forma unos pliegues gigantes en la base que se alejan del tronco, para rodearlo hay que caminar 21 metros. Vimos cualquier cantidad de arañas, huellas de chancho y nidos de termita y cigarra. Regi miraba cualquier hoja en movimiento con desconfianza.

"No que yo sepa".

Llegamos al campamento y, por la noche, después de cenar, fuimos a caminar para ver la fosforecencia de un nido de termitas. Regi juntó coraje y nos siguió (tampoco le hacía gracia quedarse sola en el campamento, por más que el Pelado nos asegurara que por allí no había onças (jaguares). Es lamentable no poder retratar en una foto lo sobrecogedor de la jungla de noche, con apenas unos rayos de luna colándose entre los árboles.

"Y nunca te encontraste un yacaré buceando?".

Después de fogón largo nos fuimos a dormir. Algunos durmieron como tronco. Regi, que enfrentaba unos de los mayores miedos de su vida, dormir en la selva, no pegó un ojo, escuchando los miles de ruidos de la selva nocturna.

"Sí, pero era un yacaré pequeño, estaba como durmiendo en el fondo."

A la mañana emprendimos el regreso. Nos volvimos con la sensación de haber tenido una experiencia verdaderamente única.

"A ver, imaginate esto: venís remando en la canoa, listo a bucear, cuando por debajo tuyo pasa muy tranquilo un yacaré nadando de, más o menos, 7 metros... te metés?".

De vuelta en la comunidad presenciamos un típico aguacero tropical mientras nos íbamos preparando mentalmente para el buceo de esa noche.

"Ahí no me meto, me alejo un poco, pero buceo igual."

Al caer la noche salimos hacia la canoa, en el bosque inundado. Nos reíamos, hacíamos chistes, tal vez queriendo tapar el nerviosismo. Remamospor el bosque, en una nueva versión diferente, lamentablemente difícil de fotografiar para Regi, nuestra cronista fotógrafa. Una lluvia empezaba a molestar. Llegamos a un punto donde no era demasiado profundo, para más seguridad nuestra. Por supuesto, el primer nominado fue el marinero. Me puse luneta, aletas, tomé la linterna y el arpón. Entre risas nerviosas yo pensaba en la estadística: si ellos se meten mil veces y nunca pasa nada, por qué me va a pasar a mí. Por otro lado, se me venían a la cabeza las risas y picardías del tano "Eh! Ma se io como un pollo e vos no comes nada, la estadística dice que comimos medio pollo cada uno!"

"A lo que sí le tengo miedo es a las anguilas eléctricas".

Mi buceo, aunque infructuoso, dio tranquilidad a los otros dos buceadores (y a REgi, que me vio salir sano y salvo). El Pelado reía de los juegos de luz que hacía Suárez con la lintera. Pasamos los tres con un pobre cangrejo como única posible cena.

"Si no me doy cuenta y toco una ánguila, la descarga me mata".

TErminadas las payasadas, el Pelado se puso a bucear en serio, mientras nosotros lo segúiamos con el bote. Cada bajada era un pescado. En ocasiones salía con dos peces clavados en el arpón. Aseguró la cena y volvimos a la casa. Bucear en el Amazonas, una expreiencia genuinamente única.

"Pero cómo?! Por qué no nos avisaste que podíamos encontrar una ánguila allá abajo?!"

Esa noche cenamos con el pelado y su esposa, charlando hasta muy tarde, sacándo las últimas preguntas que queríamos. Con Cristian y Suárez habíamos formado un gurpo genial con el que pudimos disfrutar y aprender muchísimo. Pudimos realmente escuchar, conocer y sentir el modo de vida que llevaban. Pudimos entender sus puntos de vista y apreciar la sencillez de sus vidas y las (para nosotros) pirvaciones e incomodidades que aceptan como cosa natural. Nos contó de las mejoras en los últimos años, de la mano de planes de inclusión bien manejados por el gobierno, que trajeron electricidad, escuela, proyectos ecoturísticos y casas nuevas, sin invadirlos imponiéndoles costumbres ajenas.

A la otra mañana, con Cristian y Suárez partimos hacia Manaos. Nos fuimos de Santarem con una sonrisa grande y la mochila hinchada a reventar de una experiencia increíble.

"Ah, eso...?" Sonrió el Pelado entre sorprendido y divertido, "no hay anguilas en el lago en temporada de lluvia".

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Foto 1: Botes en Alter do Chão.
Foto 2: Regi y Kelly.
Foto 3: Marivaldo haciendo harina.
Foto 4: El Pelado preparando la red.
Foto 5 y 6: La escuela y el bar de la comunidad.
Foto 7 y 8: en la playa.
Foto 9: El Pelado.
Foto 10: El bosque inundado.
Foto 11: El Pelado guiándonos por la selva.
Foto 12, 13 y 14: En la sumauma.
Foto 15: El Pelado enseñándole a Regi a hacer una cama de hoja de Palha.
Fotos 16, 17 y 18: la más chiquita de la familia.
Foto 19: con la familia del Pelado.

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2 comentarios:

  1. Incrível! Que bela experiência! Que bom que a Regí esqueceu que tem cobras na água também....hahahaha
    Beijos!

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  2. que bueno saber que andan bien chicos!
    nosotros ya de vuelta, buscando un nido y yo laburo, repensando todo lo que vivimos.
    un abrazo enorme!!!
    vir

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