viernes, 7 de mayo de 2010

Terminando Brasil.

La última parte de nuestros casi tres meses en Brasil fue, digamos... complicada.

El viaje en barco de Belem a Santarem, que fue bastante tranquilo y disfrutado, no tuvo un buen correlato para el tramo Santarem - Manaos. Empezamos con una mala ubicación a bordo. La cubierta de pasajeros estaba llena, así que tuvimos que ubicarnos con las hamacas en la cubierta superior, donde funciona el bar. Eso nos valió escuchar música brasileña popular (forró y otros, bastante cercano a nuestra cumbia) a volumen discoteca de la mañana a la noche. Más que el escape de los motores del barco era fuerte y cercano. Como resultado teníamos que gritar para hablar.

Como condimento de eso, el segundo día una banda de seis o siete borrachos se tomó, antes de llegar al mediodía, dos litros de whiskey, dos litros de Campari y abundante cerveza. Por suerte, junto a Cristian y Suárez pudimos acomodar una mesa más alejada y disfrutar las tardes jugando juegos de ingenio (el tano la rompió jugando en español, admirable) y aprendiendo nudos marineros de la mano de Fabi.

Manaos

Manaos nos pareció una ciudad extraña. Por un lado nos pareció sucia y desorganizada. Las bolsas de basura se encuentran desparramadas por todas partes y millares de ratas viven de ellas. Más allá del puente, una favela inmensa. En un puesto de salud no tenían otoscopio para mirar un oído. Pero sin embargo, el policlínico de especialidades era bastante bueno. A su vez, tiene montones de edificios antiguos bien conservados, heredados de la época de oro del caucho. Y, finalmente, pudimos ver varios espacios público, incluyendo varios museos, de muy buena calidad y entrada gratuita.

Una tarde la pasamos disfrutando, con Cristian y Suárez, de un bar de esquina con música en vivo improvisada, en la que cualquier habitué se sentaba con cualquier instrumento a tocar con los presentes. Otra noche pudimos conocer a nuestro contacto CS local, Sergio, con quien tomamos unas cervezas disfrutamos de algo de charla.

Luego volvimos a las complicaciones de nuestro Brasil final. Mientras Regi y Fabi se recorrían dos puestos de salud y un hospital para que alguien viera la otitis de este último, Cristian y Suárez se amargaban yendo a la quinta loma del trase a ver el peixe-boi (manatí) encontrando el parque cerrado. Al menos Fabi se consiguió hacer ver por un especialista que le diagnosticó otitis más honguitos, dejándonos más tranquilos. Encima, había huelga de colectivos y el conserje del hotel era incapaz de comprender la frase "no tomamos taxi, es muy caro para nosotros", insistiendo una y otra vez, hasta el momento mismo de dejar el hotel.

Saliendo

Llegó el día de separarnos de Cristian y Suárez. Nosotros nos íbamos para el norte, al encuentro de Venezuela. Cristian tomaba un vuelo a Bogotá, Colombia. Y Suárez se tomaba un navío de seis días hasta Tabatinga, en la triple frontera con Colombia y Perú. Fueron días de compartir casi todo, con una "energía" de esas que uno busca encontrar en algún viajero para unir caminos, pero que raramente sucede.

Para nosotros no fue demasiado fácil salir de la ciudad. No habiendo mucho a dónde ir en ómnibus por estos lados, la terminal es difícil de encontrar y bastante pequeña (seis plataformas para dos millones de habitantes). Encima en las boleterías no entendían el concepto "salir a la ruta para pegar carona (hacer dedo)". Y, a decir verdad, estamos cansados y con poca paciencia para respuestas gentiles al pedo. O sea, si no sabés a dónde queda lo que te estoy preguntando, hay una sola respuesta: "NO-SÉ". Pero no, nos mandan a los caños para no quedar mal.

Llegamos a un pueblo a 100 kilómetros de Manaos, donde ya no quedó otra que tomar un ómnibus. Más al norte, en la reserva indígena Waimiri Atroari la ruta se cerraba por la noche y sólo podían pasar ómnibus.

Boa Vista

En Boa Vista nos recibió Patricia, nuestro contacto CS, que nos contó su experiencia de dos años enseñando a leer y escribir en una aldea indígena. Una historia increíblemente interesante, que terminó con ella casándose con uno de los alumnos, que decidió, cuando les cerraron la escuela, irse a buscarla a la ciudad. Así es que ahora están viviendo juntos en Boa Vista. Todo muy interesante.

Pero luego la complicó. Por empezar, el único micro hacia la frontera, distante 170 kilómetros hacia el norte, salía sólo a las 7:30 de la mañana. Pese a nuestra predisposición para ir en colectivo a la terminal, Patricia insistió en llevarnos en su auto. Llegado un punto, y sin la terminal a la vista, nos dijo: "los voy a dejar acá, porque más allá el retorno es más complicado". Nos sorprendió ya que hasta se había levantado más temprano para hacernos la gentileza de llevarnos a la terminal. Nos indicó un puente, distante unos 500 metros y nos dijo el nefasto "ahicito". Dejamos el puente atrás, caminamos casi media hora, a muy buen ritmo, sin ver un sólo cartel que dijera "Rodoviaria". A sólo quince minutos de la partida del único colectivo, nos encontrábamos en una avenida tipo Champagnat al fondo (aunque sin temor a robos) sin la menor idea de dónde quedaba la terminal. A través de los árboles de una rotonda pudimos ver algo que se le parecía.

Luego de casi perder el colectivo, sudados y nerviosos, nos encontrábamos, finalmente, rumbo a Venezuela.

Aunque... esto no termina acá.

Al llegar a Pacaraima, la ciudad de frontera, comienzan los temores típicos: dónde cambiar algo de dinero, vigilantear el clásico malandraje fronterizo, miedo al problema con los pasaportes, etcétera.

Llegamos a Migraciones Brasileñas a las 12:30; ésta había cerrado a las doce. Fabián, que un rato antes había pasado a ver el lugar, preguntó al vigilante: "por qué no me avisaste que cerraban, cuando te pregunté si estaba abierto?". "Tú no me preguntaste a qué hora cerraban, sólo si estaba abierto, yo aquí tengo cosas que hacer" fue la respuesta, mientras se sentaba a seguir haciendo nada. Nos tentó la carcajada mezclada de bronca, pero mantuvimos la compostura. ¡Brasil no nos terminaba de dejar salir!

Finalmente, hora y media más tarde, entramos en la República Bolivariana de Venezuela.

Conclusiones

¿Qué podemos concluir sobre Brasil después de 80 días recorriéndolo? Es un país verde, que merece la bandera que tiene. Bellísimo, con playas hermosas, mar cálido, selva, montaña, lo que uno quiera. Nos sentimos cómodos viajando, conocimos personas maravillosas que nos abrieron las puertas de sus casas sin límites. Es verdad que el brasileño es más alegre, positivo y soñador que el argentino. Pero conociendo más que nada la parte de atrás de las ciudades y el norte del país también podemos pensar que esa alegría es un poco un escape a la vida dura que lleva gran parte del pueblo. Brasil ha tenido muchos grandes cambios en los últimos años, pero la inmensidad de las favelas de Sao Paulo y Salvador, la miseria y adicciones de Río de Janeiro, la suciedad de Belem y Manaos, la gente durmiendo en las calles y los borrachos pidiendo un real siguen existiendo. Se necesita un cambio político, social y cultural aún más profundo para que Brasil sea lo que promete. Nos vamos con la idea de que, excepto en Curitiba, no encontramos un lugar en el cual nos gustaría vivir ya que culturalmente nos sentimos diferentes (y no está mal que así sea, para unos ni para otros). A pesar de haber terminado el viaje manejando el portugués bastante bien, creemos que sigue siendo una pequeña barrera. Nos pasó mucho que la gente pensaba muho que éramos europeos o norteamericanos, teníamos que aclarar que no, que éramos vecinos. El trato resultaba siempre al final más amistoso. Nos vamos felices de Brasil, aunque cansados y sintiendo la necesidad de cambiar de etapa de viaje.

Brasil nos enseñó, creemos irnos conociendo mucho de nuestro país latinoamericano vecino.

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Foto 1: Amanecer en el Amazonas.
Foto 2: Clase de nudos marineros.
Foto 3: Teatro Amazonas, Manaos.
Foto 4, 5 y 6: Bar de la esquina.
Foto 7: Suárez y Cristian, posando para una foto.
Foto 8: En el bar de la esquina.

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2 comentarios:

  1. Si algun dia vuelven, acá estamos :)

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  2. Bueno, ya que estan en Venezuela. Que chévere que les gustaran a Brasil. Y que mierda el final. Para nosotros, cuando vamos a Europa el choque es mucho mayor, claro. Todo por acá parece sucio. Pero, mismo así, tengo gana de me quedar y intentar hacer un país mejor. Sueño de jovene? puede ser! Pero vamos intentando. Bueno, tengan una buena viaje en Venezuela, es un pueblo muy festero y amáble. Besos y sigan fuertes!

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