domingo, 4 de mayo de 2014

Un día en Varanasi.

La mañana en Varanasi salimos del hotel con dos objetivos: ir al templo de Shiva o Templo Dorado y encontrarnos con Paula y el Tano, con quienes habíamos estado en el Parque Nacional. Ellos habían salido de Umaria el día anterior en un tren unas horas anterior al nuestro y habíamos quedado en encontrarnos en Varanasi de alguna manera. Las casualidades no son tan poco comunes en India, la gente de alguna manera se cruza en el camino. 

El templo Dorado no es fácil de encontrar yendo caminando. Está dentro de la ciudad vieja y hay que meterse en unas callecitas diminutas y laberínticas para llegar a otra calle y que te digan que por esa entrada sólo van los peregrinos. Terminamos en una calle con una cola enorme de gente tratando de entrar al templo, pero en realidad nunca lo vimos ni siquiera desde afuera. Lo bueno fue doblar en una esquina y verlos a Paula y al Tano un poco perdidos y desorientados también, como nosotras. Y cansados. Todos estábamos cansados a esa altura del viaje.

Creo que India se lo puede visitar de dos maneras. En 20 días, sólo para tener un mínimo pantallazo pero pudiendo ver varios lugares. De esta manera el cansancio no es tanto…te lleva tres o cuatro días comprender y adaptarse a cómo funcionan las cosas allí, la actitud de la gente, la comida, etc. La otra opción es quedarse mínimo 6 meses, estando en pocos lugares y realmente empapándote de la cultura India, tan diferente y por momentos incomprensible por nosotros.

Varanasi no es la ciudad de la India para llegar cansados. Buscando en mi memoria veo muchísimas imágenes de esos dos días y se transforman en una cascada de palabras: hombres y mujeres a millones, vacas y toros en medio de la calle, tuc tuc esquivando a las vacas, rickshaws llevados por hombres diminutos, bocinazos de autos enormes tratando de pasar por arriba todo lo mencionado previamente, restos de verduras tirados por todos lados, esquinas transformadas en basureros, perros y cachorros sarnosos acercándose para robar una caricia, carteles de propagandas ofreciendo felicidad, infinidad de cables decorando las alturas, olor a pis en alguna esquina más oscura, miradas de hombres y algún comentario desubicado y filas de personas en peregrinación hacia algún lado.

Con Paula y el Tano recorrimos la ciudad antigua, parando en los negocios a descubrir cosas impensadas. En un puesto de especies y aromas nos ofrecieron  unos confites con formas raras...nada de eso! Eran todas semillas naturales que al tragarlas funcionaban como refrescante de la boca...era como estar comiendo una pastilla Halls, pero todo natural! En otro puesto Paula compró yoghurt hecho de manera artesanal y frente a nuestros ojos...dice ella que estaba delicioso. Lamentablemente a mí me faltó tiempo en India para acostumbrar mi estómago a la comida de la calle. Fueron tantas las indicaciones de no comer en la calle, que preferí no incursionar y luego arrepentirme. Me hubiera gustado probar varias de las cosas, pero me contuve. En una delas callecitas vimos a mucha gente parada al lado de un puesto.Nos acercamos y un hombre cocinaba unos crepes con verduras que parecían deliciosos!! Lamento en parte no haber podido disfrutar del todo de una de las cosas más maravillosas de la India, su comida. (Ya hablaré en otra entrada sobre lo que sí pudimos probar que fue espectacular!)

La ciudad vieja es un laberinto de cuento de hadas, todo fluye de manera extraña. Un hombre nos persiguió para que le compráramos polvos de colores, otro para que lleváramos estatuas de Ganesh, otros nos miraban con indiferencia desde su puesto, sólo observaban y esperaban...como si la vida se les fuera de las manos y ellos están ahí, sentados, aburridos.

En un momento estábamos caminando y un carro con una docena de hormas de queso me encerró, atrás mío también tenía otro carro. Los hombres que los llevaban parecían no entender la imposibilidad física de que los dos siguieran su camino al mismo tiempo en una calle que sólo daba para uno y con una mujer parada en el medio de los dos... querían pasar al mismo tiempo. No me extraña que las leyendas de medinas hayan tenido que inventar la alfombra mágica. En ese momento era la única manera de salir de ahí. Sus caras, sus actitudes me hicieron sentir que las vidas de esos hombres dependían de mover esos quesos, de llevarlos a destino para cobrar las rupias que les permitirían pasar el día o la semana.

Seguimos camino y decidimos sentarnos en algún lugar para tomar algo. En la guía Lonely Planet recomendaban ir a la Brown Bread Backery, nos daba una dirección. La buscamos por un largo rato, perdiéndonos y preguntando a los negocios. La guía nos hacía una aclaración: OJO con no meterse en un local a metros del original que tiene el mismo nombre, el original tiene 4 pisos y una terraza. Y así fue,primero encontramos la copia, entramos y el olor a encierro y humedad y la falta de los cuatro pisos nos hizo salir de allí. A 50 metros estaba la puerta del lugar original. Y nos preguntamos: ¿Cómo puede ser que se permita una truchada como esa y no se haga nada? Las reglas de cada lugar son diferentes, me imagino lo difícil que debe ser tanto para un europeo poner un local en la india como para un indio poner un local acá mismo, en Argentina, con imposiciones legales inexistentes en su lugar. 

La terraza estaba repleta de extranjeros, ya que es un típico lugar cool para los viajeros que van a un lugar totalmente diferente a buscar lo que pueden encontrar en la esquina de su casa...pero bueno, para ser sincera, a esa altura del viaje, vino bien un jugo de naranja en un lugar donde ningún hombre nos estuviera mirando como bicho raro.

Mañana les cuento cómo siguió el día...como ven los días en la India pueden ser muy intensos!






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